Pregón Año 2009

PREGÓN DE PASIÓN

 COFRADÍA PENITENCIAL DE LA SAGRADA PASIÓN DE CRISTO

Iglesia Conventual de San Quirce y Santa Julita

Valladolid 1 de MARZO de 2009

Dña. María Aurora Viloria Nieto

Jefa del Área de Cultura del periódico "El Norte de Castilla"

 

 

Vicealcaldes, Cabildo de Gobierno y cofrades de la Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo, representantes de otras cofradías de Valladolid, señoras, señores, amigos:

Pregonar, del latín preconare, significa según el Diccionario de la Real Academia Española publicar o hacer notorio. Y pregonero es por lo tanto quien publica lo que se quiere hacer saber a todos. Por eso, aunque éste sea el primer pregón que pronuncio, siento que de alguna forma es lo que he estado haciendo durante toda mi vida. Porque ¿qué otra cosa es ser periodista? Alguien que anuncia o cuenta algo que cree debe conocer todo el mundo. Por eso, mi pregón es el relato de lo que actualmente está ocurriendo, basado en lo que fue y con un único protagonista, la Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo, que hoy, primer Domingo de Cuaresma, inaugura oficialmente los preparativos para la celebración de la Semana Santa del año 2009. Y lo hace en la Iglesia del Real Monasterio de San Quirce y Santa Julita, su sede actual, con poesía y con música, la de su banda de cornetas y tambores, cuyo inconfundible sonido anuncia a los fieles en la lejanía que la procesión se acerca.

¿Cuántas semanas santas habrá vivido la cofradía? Imposible calcularlo pero, indiscutiblemente, cientos, desde que fue creada en octubre de 1531. No todas han sido iguales, por supuesto, ya que las habrá habido piadosas, fervorosas, entusiastas, tristes y hasta dramáticas, según los tiempos que les haya tocado vivir a los cofrades. Porque casi cinco siglos dan para mucho. Hasta para tener una historia de luces y sombras, de logros y también de lo que los hombres considerarían fracasos. Una historia de avanzar, de pararse y de coger nuevas fuerzas para seguir adelante. Una historia de dolores y de alegrías, de estancamiento y de plenitud.

Esa historia comenzó en la primera mitad del siglo XVI, una época en la que Valladolid era con mucha frecuencia la capital de España y de los continentes y países sobre los que se proyectaba, ya que en ella residían las Cortes. Reinaba el Emperador Carlos y en la ciudad nació su sucesor, Felipe II, quien en ella firmó numerosos documentos y hasta presidió autos de fe, porque en aquella época empezaban a soplar vientos de Reforma protestante, contestada más tarde por una Contrarreforma católica que, entre otras cosas, dotó posteriormente a Valladolid de la más extraordinaria colección de tallas de madera policromada. Hechas para salir a la calle y mezclarse con las gentes, alumbradas por las cofradías que habían empezado a surgir a finales del siglo XV.

Entre estas cofradías estaba la de la Pasión, fundada por un grupo de fieles que tenían el deseo y el objetivo de ayudar a los demás o mejorar de alguna manera la vida de los más necesitados de su tiempo. Así, aunque no se ha conservado ningún ejemplar de la regla primitiva, que fue ratificada en 1540 y seguida de otra aprobada en 1575, sí hay referencias documentales y bibliográficas que ofrecen datos sobre las normas que regían la vida de los cofrades en los primeros tiempos. Como las que recogen Narciso Alonso Cortés en 'Las primeras cofradías de disciplina', publicada en 'Miscelánea Vallisoletana' por el Grupo Pinciano, o José Martí y Monsó en 'Estudios histórico artísticos relativos principalmente a Valladolid', editados por Ámbito. Así, se sabe que los hermanos de la Sagrada Pasión tenían la obligación de practicar determinadas obras de misericordia y de participar en una procesión de penitencia.

Entre estas obras de caridad que distinguieron a la cofradía estaban la de vestir a 13 pobres el Jueves o el Viernes Santo, acoger en su hospital entre noviembre y febrero -es de suponer que por ser los meses más fríos- a pobres enfermos que hallaran por las calles y llevar también al mismo hospital a los niños abandonados entre la fiesta de San Miguel y el Domingo de Pascua. Es decir, entre septiembre y marzo o abril.

El pequeño hospital de la cofradía estaba situado en la parroquia de Santiago y más tarde se trasladó al templo de la hermandad, donde estuvo instalado hasta el primer cuarto del siglo XVII, fecha en que desapareció para integrarse en el Hospital General de la Resurrección, cuya portada sirve ahora de fondo al jardín de la casa en que vivió Cervantes.

Pero la Cofradía tenía otra importantísima misión que fue precisamente la que perduró a través de los siglos, la de acompañar a los condenados a muerte en sus últimos momentos y hacerles luego un entierro cristiano, además de ofrecer sufragios por sus almas.

También se encargaba la cofradía del entierro de los que morían por accidente abandonados en el río o los caminos de la ciudad. Con lo que suplía de esta forma una labor que tiempos después realizarían las instituciones públicas y evitaba además muchos problemas sanitarios a los vecinos.

Esta misión de verdadera caridad, que se recuerda ahora a través de las campanillas que portan los cofrades en las procesiones, similares a las que llevarían en otros tiempos cuando recorrían las calles para conseguir el dinero con que sufragar los gastos, se completaba además con la recogida de los huesos de los descuartizados en el humilladero de la cofradía, que estuvo hasta comienzos del siglo XIX al otro lado del Puente Mayor, hasta su inhumación en el convento de San Francisco, situado en la Plaza Mayor, donde actualmente está el Teatro Zorrilla, aunque sus terrenos se extendían por la calle de Santiago y Duque de la Victoria. Convento en el que murió y fue primeramente enterrado Cristóbal Colón.

En 1576, la hermandad vallisoletana se agregó a la Archicofradía de San Juan Bautista Degollado, formada por florentinos residentes en Roma y que también tenía entre sus funciones la asistencia a los ejecutados. Participó así de las gracias y prerrogativas otorgadas por la Santa Sede, que incluía el indulto de un preso, costumbre que la Cofradía de la Sagrada Pasión mantuvo hasta 1983, aunque sufrió alguna modificación a lo largo del tiempo. Hasta ese año, y cuando la Prisión Provincial estaba muy cerca del centro histórico de la ciudad, el preso salía acompañado de los cofrades como uno más, ante la emoción de los miles de vallisoletanos que siempre dieron una extraordinaria importancia a ese hecho. Sin embargo, los cambios en las normas penitenciarias y también el traslado de la cárcel a Villanubla fueron la causa que provocó su suspensión.

La misión caritativa con los reos estaba vinculada a la devoción a San Juan Bautista, del que encargaron un paso procesional al escultor Andrés de Rada, que policromó Juan Diez. Lo terminó en 1579 y actualmente sólo se conserva la imagen ya decapitada y se desconoce si la escena se representaba con más tallas.

La cofradía tenía otros pasos para su procesión de penitencia, que salía en la madrugada del Viernes Santo del convento de la Trinidad Calzada y luego se trasladó al Jueves Santo por la tarde, con la salida del templo penitencial. Sin embargo, no se sabe exactamente cuáles eran las tallas, aunque según el relato de historiadores y viajeros, como Pinheiro da Veiga, que asistió en Valladolid a los fastos del bautizo de Felipe IV, en 1605 estaría entre ellos 'Nuestra Señora de la Pasión', una Piedad de pequeño tamaño y arraigada devoción que ya poseía en 1553. Luis Luna, después de investigar en los libros de la hermandad, ha añadido también un 'Ecce Homo', el 'Azotamiento' y 'Cristo con la Cruz a cuestas' y posiblemente una 'Soledad' de vestir en la segunda mitad del siglo XVI. Además, en el humilladero se veneraría el 'Cristo de las Cinco Llagas', atribuido a Manuel Álvarez.

En 1581, la Cofradía inauguró su iglesia, obra de Juan de Mazarredonda y Pedro del Río, que fue reedificada entre 1666 y 1672.

Y así fue transcurriendo el tiempo hasta llegar al siglo XVII, la etapa de mayor esplendor de la imaginería vallisoletana. Una época en la que también la Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión renovó su patrimonio procesional con la incorporación del primer paso que recorrió las calles de la ciudad formado por varias imágenes de tamaño natural talladas en madera. Era 'La elevación de la Cruz', obra de Francisco de Rincón realizada en 1604. Diez años después, la hermandad contrató con Gregorio Fernández el paso de 'Jesús Nazareno', a los que se unieron más tarde el 'Azotamiento', de Pedro de Antecha y 'Nuestra Señora y San Juan'.

En 1656, Bernardo de Rincón, nieto de Francisco, se comprometió a esculpir un paso de la 'Humildad de Cristo', al que el pueblo pronto puso el nombre de 'Cristo del Perdón' y consideró como una de las imágenes más extraordinarias de entre las que salían a la calle. Y así ha llegado hasta hoy, convertido en uno de los pasos más populares y que más admiración despiertan cuando recorre la ciudad en la Procesión General del Viernes Santo. Y no es extraño, porque la talla, con los brazos abiertos implorando al cielo, las rodillas en tierra, una más avanzada que la otra, el rostro sereno y la corona de espinas en la cabeza, consigue transmitir esa emoción y cúmulo de sensaciones que sólo un gran artista puede conseguir.

Es además un paso que cambia durante el recorrido por las calles, porque, como las grandes tallas, ha sido hecho precisamente para desfilar, para ser contemplado desde todos los ángulos posibles.

Más tarde, a comienzos del siglo XVIII, 'Nuestra Señora de la Pasión' volvió a incorporarse a las procesiones de penitencia y la cofradía añadió a su patrimonio un cuadro de la Virgen en un trono sostenido por ángeles. Sin embargo, debieron ser estas las únicas alegrías para la Sagrada Pasión que, como el resto de las hermandades vallisoletanas, tuvo en esa centuria numerosos problemas y dificultades. Parece que la causa de esta indiscutible decadencia, que se prolongó hasta muy avanzado el siglo XIX, está en la intervención de la administración pública, que cambió las costumbres, incluido el horario de las procesiones. Como consecuencia también, las imágenes secundarias de los pasos fueron recogidas y destinadas al nuevo Museo Provincial de Bellas Artes, germen del de Escultura, ahora llamado Museo Nacional Colegio de San Gregorio.

Tras la entrega en depósito de las tallas que no eran de culto en 1842, la cofradía conservó las imágenes principales de sus pasos, Cristo de la Columna, Cristo del Perdón, Cristo del Calvario, Cristo de la Elevación, Jesús con la Cruz a Cuestas, la Virgen de la Pasión y el San Juan Bautista Degollado. Siguió además organizando su procesión del Jueves Santo y participando en la General que se celebraba, aunque no siempre, el Viernes Santo.

Después de la época de las luces había llegado la de las sombras y, muy probablemente la Semana Santa, tal y como ahora la conocemos, hubiera desaparecido si el arzobispo Gandásegui no hubiera acometido su reforma.

Sin embargo, para la Cofradía de la Sagrada Pasión de Cristo el siglo XX trajo nuevos problemas. En 1926 se vio obligada a abandonar su templo, que estaba en estado ruinoso, al que ya no volvió nunca. Ahora esa iglesia, junto a la Plaza Mayor, que conserva la fachada y la sacristía, tiene nombre de museo, porque durante un tiempo guardó la colección de pintura del de Escultura, aunque es una sala de exposiciones que acoge preferentemente arte contemporáneo.

Pero después de las sombras volvieron otra vez las luces y la Cofradía de la Pasión, que siempre mantuvo su actividad, ha recuperado gran parte del patrimonio depositado en el Museo de Escultura. Un patrimonio formado por las imágenes procesionales del siglo XVII, otras tallas del XVI, pinturas, orfebrería, bordados y documentos que ahora guarda en su residencia canónica, este templo que hoy nos acoge a todos y que mantiene abierto al culto.

Y desde esta iglesia salen a la calle las dos procesiones organizadas por la cofradía en Semana Santa. Una es 'El ejercicio público de las Cinco Llagas' del sábado de Pasión, el próximo 4 de abril. En ella, portando a hombros la imagen del Santo Cristo de las Cinco Llagas, hacen las estaciones ante conventos de clausura, donde piden por las vocaciones de la Iglesia. La otra es la de 'Oración y Sacrificio' del Jueves Santo, en la que llevan a la Catedral en andas las imágenes de 'Nuestro Padre Jesús Flagelado' y el 'Santísimo Cristo del Perdón' para cubrir una estación ante el Santísimo Sacramento y pedir por las personas privadas de libertad, en recuerdo de aquellas otras a las que confortaban o ayudaban a salir a la calle.

Participa también la cofradía en el Sermón de las Siete Palabras, la Procesión General de la Pasión del Viernes Santo y en la del Encuentro del Domingo de Resurrección, y su sección juvenil sale en la de las Palmas.

Además, la penitencial, formada actualmente por 900 cofrades, abre la iglesia para la misa de los domingos y fiestas de precepto, así como para los Oficios de Jueves y Viernes Santo y la Vigilia Pascual. Organiza también los cultos cuaresmales, que comenzaron con un triduo en honor del Santo Cristo de las Cinco Llagas y continuarán con otro a Nuestro Padre Jesús Flagelado, seguido de un quinario en honor del Cristo del Perdón que incluye el solemne Besapié que tendrá lugar el próximo 23 de marzo y al que acuden cientos de vallisoletanos.

Uno de sus cometidos es también practicar la caridad con los necesitados de hoy, tarea que cumple a través de la colaboración con distintas instituciones con donativos, recogida de alimentos, ropas, juguetes o medicinas, destinados no sólo a Valladolid sino a lugares tan alejados como Angola, Ruanda, Etiopía, Tanzania, Guatemala, El Salvador, Perú o el sudeste asiático.

La Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo también organiza anualmente un concierto en favor de Manos Unidas, que este año tendrá lugar el próximo domingo. Y, cuando cumplió 475 años, organizó otro en favor de la asociación dedicada a atender a los afectados por parálisis cerebral, Aspace Valladolid.

Es decir, la Sagrada Pasión ha actualizado su trayectoria espiritual, social y cultural, aunque para la mayoría de los vallisoletanos y, por supuesto, para todos los que vienen de fuera atraídos por la fama de la Semana Santa, la misión de las cofradías es simplemente la de acompañar los pasos en las procesiones.

Y, aunque pueda parecer lo contrario, dan a esa misión una extraordinaria importancia, porque para quienes hemos nacido en Valladolid la Semana Santa forma parte de nuestra vida desde la niñez. Por eso, cualquiera que sean las ideas de los años de adultos, nadie permanece indiferente ante la belleza dramática de unas tallas que todas las primaveras narran en la calle una historia, la más grande de todos los tiempos, la pasión y muerte de Jesucristo. Un drama que siempre tiene un final feliz, un final de alegría y esperanza, el Domingo de Resurrección.

 

María Aurora Viloria Nieto

 

© Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo