Pregón Año 2007

PREGÓN DE PASIÓN

 COFRADÍA PENITENCIAL DE LA SAGRADA PASIÓN DE CRISTO

Iglesia Conventual de San Quirce y Santa Julita

Valladolid 25 de febrero de 2007

Dña. María Ángeles Porres Ortún

Primera Teniente de Alcalde del Excmo. Ayuntamiento de Valladolid

 

Reverenda Madre Abadesa y Comunidad Cisterciense de este Real Monasterio de San Quince y Santa Julita, Alcalde de la Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo, Cabildo de Gobierno, Representantes de las Cofradías y Hermandades Vallisoletanas, Cofrades de esta Penitencial y Hermanos Todos en Cristo.

Me siento muy honrada por la invitación que me habéis hecho para dirigirme a vosotros como pregonera, en este acto solemne con el que estáis conmemorando dos importantes efemérides: el 475 aniversario de la fundación de la Cofradía y el 350 aniversario de la imagen titular de la Hermandad, contratada con Bernardo del Rincón en 1657, el Cristo del Perdón. Espero no defraudar vuestra confianza y estar a la altura de las circunstancias.

Durante los últimos cuatro años, desde mi responsabilidad en el Área de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid, he tenido ocasión de profundizar en el conocimiento de algunas de las realidades de raigambre histórica que mayor huella han dejado en el Valladolid contemporáneo.

Y entre ellas, la tradición cofrade, asociada durante más de cinco siglos, tanto a la asistencia y a la solidaridad vecinales, como a la experiencia religiosa de los vallisoletanos y las vallisoletanas.

El sólido arraigo del fenómeno cofrade en la memoria colectiva y su elocuente trayectoria descrita en la crónica histórica de nuestra ciudad, lo hacen merecedor del máximo respeto y la máxima consideración, y convierten a las cofradías en testigos de excepción de la vida de nuestra ciudad en el último medio milenio.

Me presento ante vosotros con la mayor humildad, admitiendo que, cuando conocí vuestra intención de investirme como pregonera, la inquietud y la curiosidad me animaron a “bucear” en las circunstancias que rodearon la fundación, hace ahora 475 años, de la Cofradía de la Sagrada Pasión, como segunda hermandad penitencial de la entonces villa de Valladolid.

...Era el otoño de 1531...

La constante presencia de la Corte en el lugar, insufla en los habitantes de la Villa cierto espíritu de seguridad, positivismo y prosperidad. Han pasado cuatro años desde el feliz alumbramiento de la reina Isabel, quien aún reside en las Casas de Pimentel junto a su hijo, el futuro monarca Felipe II. El emperador Carlos también permanece en Valladolid junto a su familia, siempre que los asuntos de Estado se lo permiten.

En la Villa residen aproximadamente 6.750 vecinos; esto es, unos 30.000 habitantes, entre los que no faltan cortesanos, eclesiásticos, servidores del Estado, letrados y gentes de la Chancillería, escribanos y notarios, preceptores de gramática y gentes de la enseñanza, rentistas, hosteleros, criados...

Tiene Valladolid muchas y buenas casas, grandes y ricos edificios. Una hermosa Colegiata y un nutrido número de iglesias, ermitas y humilladeros. Un solo puente, llamado “el Mayor”, atraviesa el Pisuerga a su paso por el término municipal. Tiene además la Villa una gran plaza, muy grande y hermosa, alrededor de la cual están todos los oficios y mercaderes, que son muchos.

Es la vallisoletana una sociedad profundamente sacralizada, en cuyo seno las cofradías constituyen una notable expresión del corporativismo laico. En el universo cofrade vallisoletano de estas primeras décadas del siglo XVI, coexisten cofradías de distinto tipo: sacramentales, asistenciales, de ánimas y una penitencial, llamada de La Vera Cruz.

Alonso Berruguete trabaja en su taller de la Villa, aunque viaja a Salamanca con cierta frecuencia, donde ha comenzado la talla del retablo del Colegio de los Irlandeses, por encargo de Alonso de Fonseca.

El otoño arrecia, es el mes de octubre, y algunos buenos hombres de la parroquia de Santiago de esta noble villa de Valladolid, después de consultar con el cura y el sacristán de la dicha iglesia de Santiago, se disponen a fundar la cofradía y hermandad de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Estos hombres –a saber: Mateo Fernández, Cosme de Pesquera y Juan de Rojas, bajo inspiración directa del Espíritu Santo, se han declarado fieles devotos de la Santísima Pasión y Penitencia de Jesucristo y han hecho suyo el compromiso de procesionar en la madrugada del Viernes Santo, saliendo del convento que los trinitarios calzados tienen en la calle de María de Molina.

No será empresa sencilla, porque es bien sabido que una cofradía de penitencia debe prestar asistencia a sus propios cofrades, en la enfermedad y en la muerte; e implicarse, además, en una labor hacia el exterior, un compromiso con la sociedad, como el de acompañar a los ajusticiados en la noche previa a su ejecución o el de enterrar a los muertos que aparecen en los caminos o a los ahogados rescatados del río, como seguramente hayan soñado Mateo, Cosme y Juan para su nueva fundación.

Bien podrá la Cofradía celebrar sus primeras reuniones en el hospital de ánimas de la propia iglesia de Santiago, y enterrar a los ajusticiados en su capilla del convento de San Francisco, en la Plaza Mayor; pero con el tiempo habrá que pensar en construir un templo propio. Ya se verá...

Aún no es costumbre incorporar la imaginería religiosa a la vida procesional –se rumorea, eso sí, que el asunto se debatirá en Trento–, pero hemos de suponer que, si esto ocurre, las cofradías deberán proveerse entonces de algo así como “simulacros de la Pasión”, que sirvan para instruir al pueblo en los misterios de la fe. Estas imágenes deberán estar confeccionadas en papelón y vestidas con tela encolada. Además, las figuras podrían tener madera en la cabeza, las manos y los pies.... También en esto, el tiempo dirá.

En Roma, Clemente VII ocupa la sede pontificia desde 1523 pero, con lo despacio que van estas cosas, quizás sea su sucesor quien otorgue las bulas y privilegios que den legitimidad oficial a la actividad de la nueva Cofradía de la Pasión. Además, el abad de Valladolid, antes o después, deberá confirmar la Regla que los hermanos han propuesto...

Algo se mueve en Valladolid, la iniciativa de los hermanos de La Pasión es síntoma inequívoco de una inquietud mucho más general. El nacimiento de Felipe II en la Villa es un reto inequívoco que la Historia nos plantea. Valladolid está llamada a convertirse en una gran ciudad, en una capital confortable, acogedora y próspera, en el que toda persona de bien encuentre una opción de futuro.

Las liturgias y procesiones en torno a la Pasión de Cristo encontrarán en Valladolid un lugar propicio para su preservación y promoción. No hay duda.

Los vallisoletanos y vallisoletanas lucirán con orgullo su oriundez, y el nombre de la Villa –quién sabe si quizás convertida ¡en ciudad!– permanecerá asociado por siempre a la grandeza de su Semana Santa, la belleza de sus procesiones y la seriedad de sus cofradías...

... Y así ha sido.

Han pasado 475 años desde aquel mes de octubre de 1531 y la pasión por La Pasión de Cristo continúa vigente en el alma de los vallisoletanos y las vallisoletanas, ahora del siglo XXI.

Valladolid se ha convertido, efectivamente, en una gran ciudad. Y, a golpe de necesidad, ha aprendido a conciliar las exigencias y los condicionantes de las nuevas realidades socio-económicas y culturales, con la dimensión sensible y trascendente que caracteriza a las ciudades castellanas, y a la nuestra en particular.

En Valladolid, la complicidad popular cierra filas en torno a las estructuras que garantizan la continuidad de las prácticas devocionales. Y lo hace sin complejos, con la mirada bien alta y sin escatimar ilusión a la hora de hacer frente a las agresiones –fieras e irresponsables– de ese relativismo que tan fácil acomodo parece encontrar en las sociedades contemporáneas.

Valladolid no sólo resiste estos envites, sino que mantiene intacta su pasión por La Pasión .

Medio milenio de historia merece todo nuestro respeto y nuestro homenaje más sincero. Medio milenio de compromiso y condición cofrade bien valen el reconocer el mérito de la institución a la que represento y también el de una sociedad, como la vallisoletana, que “hila muy, pero que muy fino” cuando de reconocer méritos se trata.

Y yo no me iré de aquí sin dárselo...

Los muros de este monasterio cisterciense de San Quirce y Santa Julita, que desde 1993 dan cobijo a los cofrades de la Sagrada Pasión y a su magnífico patrimonio artístico, asisten hoy a un acontecimiento muy importante en la historia de la Cofradía.

Y yo, contagiada hasta la médula de vuestra pasión por La Pasión , me he sentido muy afortunada al inscribir mi nombre en la crónica de este acontecimiento.

Una vez más, muchísimas gracias por haberlo hecho posible.

Antes de despedirme, quisiera suplicaros una última cosa: recordadme en vuestras oraciones, tenedme en vuestras plegarias.

Orad conmigo ante vuestro Cristo del Perdón y ante Nuestra Señora María Santísima de la Pasión, para pedir que nuestro corazón se mantenga fuerte y brioso; que sepamos sacar fuerzas de flaqueza; y que aceptemos, siempre con humildad, la voluntad de Dios.

Muchas gracias.

 

María Ángeles Porres Ortún

 

© Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo