Pregón Año 2005

PREGÓN DE PASIÓN

 COFRADÍA PENITENCIAL DE LA SAGRADA PASIÓN DE CRISTO

Iglesia Conventual de San Quirce y Santa Julita

Valladolid 13 de Febrero de 2005  

D. José Andrés cabrerizo manchado

Vicario Parroquial de Santo Domingo de Guzmán

 

 

Vexilla regis prodeunt,

Fulget crucis mysterium,

Quo carne carnis conditor

Suspensus est patibulo;

 

(Avanzan las banderas del rey,

brilla el misterio de la cruz,

donde la carne por la carne fue vencida,

colgada del madero)

 

 

Cabildo de Gobierno, cofrades de la Cofradía de la Sagrada Pasión de Cristo, representantes de las Cofradías vallisoletanas, señoras y señores:

 

He querido iniciar este Pregón de Pasión con los primeros versos del himno que la Iglesia utiliza para la oración de Vísperas durante la Semana Santa. Me parece que recoge bien el contenido teológico del momento crucial de la Redención que Cristo ha venido a traernos, a la vez que presenta lo que los teólogos llamarían el desfile triunfal (tan propio de las cartas de San Pablo) y que está tan asimilado a nuestro ser cofrade, de modo que muchas veces, demasiadas quizá, nos quedamos en los pendones que avanzan, en los pasos cargados de flores y velas, sin llegar a ver que lo importante está detrás de esa imagen a la que acompañamos, el misterio de la Cruz, que nos da la salvación.

 

Pero acompañemos al propio cortejo, al desfile, a la procesión, y dispongámonos a dejar inundar nuestros sentidos de imágenes, olores, sabores para que el asombro de los ojos del niño que todos fuimos, se convierta en la admiración del misterio por excelencia, de la historia más grande jamás ocurrida que después de dos mil años sigue llenando calles y plazas y generando sentimientos tan fuertes y encontrados como los que se dieron entonces en las calles de Jerusalén.

 

Uno de los primeros recuerdos que el que os habla conserva de la Semana Santa vallisoletana y haciendo honor a la Cofradía en cuya sede nos encontramos es el de las tardes de Jueves Santo: la escuadra de la Guardia Civil a caballo en la calle Madre de Dios, frente a la antigua Prisión Provincial, esperando el momento en que llegasen las sagradas imágenes y se produjese el viejo rito en que, desde las rejas de la cárcel, los presos rasgasen con sus voces el silencio de una tarde de primavera, tan sólo roto por respiraciones entrecortadas y el chocar de los cascos de los caballos contra el suelo. Frente al portón, rodeado por una multitud expectante, con los brazos abiertos, de rodillas sobre el monte, el Divino Prisionero esperaba que los goznes girasen para acoger a un hombre al que como tantas veces antes devolvía al mundo de los vivos, mientras Él, la libertad verdadera, quedaba amarrado al madero por el hierro de los clavos.

 

Unida a la escena de la procesión otra imagen, esta vez cinematográfica, de prisión y de terror, de amor y de libertad: las carmelitas de Compiegne que una tras otra, como monástica procesión, subían al cadalso de una nueva Europa, se nos dice que liberal y moderna, que nacía renegando de aquella fe cristiana que la había engendrado y dado su grandeza y personalidad. Eran otros tiempos en que la sociedad y dentro de ella los medios de comunicación, latía al compás de la de, quizá no comprendida, pero aprendida y entretejida en los tuétanos de cada persona. Gentes de toda clase y condición al igual que llenaban las aceras para contemplar la Vía Dolorosa, el Gólgota o el Getsemaní, abarrotaban los templos como tantas y tantas generaciones de antepasados, recorriendo las iglesias, los “monumentos”, postrados en adoración de aquélla divinidad a la que hecha vida en madera, como en ningún otro lugar habían visto en las calles.

 

Pero para cualquier niño de entonces, los recuerdos de la Semana Santa no empezaban en la tarde de Jueves Santo, desde que apenas levantaba un palmo del suelo, observaba con gozo los puestos de palmas en las calles más céntricas de su ciudad y como una de ellas era depositada en su pequeña mano para que ese domingo, con los zapatos nuevos y el pelo mojado para sujetar un indomable flequillo, la agitase al paso de la borriquilla en la calle de Platerías, mientras los altavoces y las voces de una inmensa chavalería cantaban: “Gloria al Hijo de David...”. ¡El Hijo de David!, que lejos estaban los niños de comprender lo que significaban esas palabras. Jesús no era sólo alguien bajado del cielo que por obra del Espíritu Santo había tomado carne en las entrañas de María, como escueta y tranquilamente aprendían en casa, en la catequesis y en el colegio, Jesús era uno de los nuestros, se había hecho como nosotros, con una familia, con unos antepasados, con la historia de un pueblo detrás de sí; una historia tan antigua que hundía sus raíces en el propio ser del hombre, desde el momento mismo en que éste había sido creado, a imagen y semejanza de Dios que desde toda la eternidad había querido plasmar así al Hijo amado, y como promesa de salvación desde el mismo instante de su caída. Según cuentan quienes saben de estas cosas el Verbo de Dios se habría encarnado, hubiera pecado el hombre o no, pero la desobediencia de éste hizo que fuera necesaria la Redención. El Doctor Angélico nos dirá, como resuena en el Gran Pregón Pascual. “¡Oh feliz culpa que nos mereció tal Redentor”.

 

¡El Hijo de David!, aquél que por ser uno de nuestra raza asume los crímenes, los pecados, los odios, las desavenencias de todos los siglos, va a comenzar su última semana con una entrada triunfal, para terminarla con un inhumano desfile de burla, de sarcasmo y de ignominia. Domingo de Ramos y Viernes Santo, Domingo de Pasión y Viernes de Pasión, dos días unidos en la liturgia de la Iglesia por los relatos evangélicos de la Pasión de Cristo, diferentes matices, pero una misma realidad, el amor de Dios hacia todos los hombres, amor manifestado en Siete Palabras de Vida, anunciadas tras los pendones y a toque de clarín, proclamadas en la plaza pública, porque la morada (la gloria) de Dios es el hombre y donde el hombre vive. Siete Palabras que congregan al pueblo cristiano para enseñarle que un mundo nuevo es posible; un mundo donde no dominen el tener, la apariencia o el poder, sino el perdón, la reconciliación, la entrega y la paz.

 

Más caballos y las banderas del Rey de los siglos, la ciudad vuelve a poner en escena para el mundo, o quizá sólo para si misma, la mayor tragedia de la historia, quizá sin darse demasiada cuenta de ello, de tan acostumbrada que está tras siglos de fe y de arte, a veces ambos cubiertos del polvo y del humo o, lo que es peor, de la indiferencia. En la conmemoración del Misterio Pascual de Cristo se mezclan de una forma que no admite comparación las actitudes más nobles y los sentimientos más rastreros, el valor y la cobardía en estado puro, la pobreza del hombre abandonado a su suerte y la grandeza, la generosidad y el amor, aún en la muerte y el sufrimiento, de aquellos a quienes sólo Dios basta, aquellos que serían los primeros cofrades, cohermanos de la historia, unidos en la fe en el Dios único y en el Salvador Jesucristo y en una caridad que desafía incluso al poder y sus consecuencias. Muchas veces me he preguntado viendo las largas filas de nuestros cofrades cuál sería su reacción si se repitiese el primer Viernes Santo, cuantos como la Virgen, San Juan o la Magdalena permanecerían firmes al pie de la Cruz.

 

En la Penitencial de las Angustias se van congregando los figurantes de este espectáculo, hombres y mujeres con sus hábitos multicolores, enseres bruñidos y relucientes como el día que salieron de taller, flores, cirios...y, sobre todo, el pueblo, esa masa anónima que un día alaba a Dios y al día siguiente lo crucifica, igual que entonces, pero al que el Jesús de la Columna, o el Cristo de la Luz, o el Nazareno mira, con una mirada de amor que hace que a más de uno le atraviese y le enoja el corazón, haciendo que una oración o un sentimiento dormido desde la niñez afloren de nuevo. Desde el pan partido y repartido en la Cena hasta el Cuerpo Entregado y la Sangre Derramada puestos en las manos de María las escenas de la Pasión van a recorrer la geografía de la urbe para que todos los que se crucen en el camino recuerden, aunque sea por un momento lo que costó la salvación del hombre.

 

Oh vos omnes,

qui transivit per viam,

Atendite et videte

Si est dolor sicut dolor meum

 

(A vosotros todos,

los que andáis por los caminos,

atended y ved

si hay dolor como mi dolor)

 

Tras la muerte el silencio, la oscuridad y el frío del sepulcro, un día que parece que no es día, porque Dios está muerto y ha abandonado nuestro mundo. Una imagen que la memoria también une al Viernes Santo es la de la muerte en el Séptimo Sello de Bergman, una figura negra y rotunda que domina sobre un paisaje desolado, porque eso es el mundo sin Cristo. Descendió a los infiernos, ya no está, ni siquiera lo encontramos en el sagrario.

 

El Sábado Santo es un día de espera silenciosa, callada, acompañando a la Virgen de la Soledad frente al sepulcro sellado. Espera que estalla en gozo cuando la llama del gran cirio pascual rasga la negrura de la noche y se prolonga en las velas sostenidas por las manos de los cristianos; también los niños han encendido sus velas y en sus ojos el asombro de “una noche que es diferente a las demás”, como la noche de la Pascua hebrea en que Dios obra la liberación del pueblo elegido. Hoy es nuestra liberación el triunfo del alegre fuego, y del agua salvadora; la vida ha vuelto al mundo y en el estallido de la música y de las campanas y en la estampida de las palomas que inundan el cielo de la gran plaza pública se adivina que la muerte ha sido vencida, es el triunfo de la Vida:

 

CRISTO HA RESUCITADO, ALELUYA

José Andrés Cabrerizo Manchado

 

© Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo